miércoles, 27 de marzo de 2013

Los olores de la noche

Cuando vuelvo a casa tarde en la bici --y cuando digo tarde es cerca de la medianoche--, a veces me llega un repentino aroma que asalta mis sentidos de una forma increíble. Es decir ¿cómo es posible que en medio de la ciudad de repente puedas percibir el sutil perfume de los jazmines al cruzar junto al jardín de algún vecino? O que de repente te sorprenda descubrir en el aire el fresco olor a pan que emana de alguna panadería trabajando en las altas horas de la noche. En ocasiones puede ser la esencia de un "huele de noche", o los azahares de un limonar en flor por la llegada de la primavera. Un momento te llegar el olor de la carne al pastor asándose lentamente en el trompo de una taquería para desvelados o el de un recocido pozole rojo bueno para terminar una noche de borracheras. 


Así, mientras avanzo en medio del asfalto, me pongo a pensar en cuán poco utilizamos conscientemente ese otro de nuestros sentidos, el olfato. En cuán dependientes somos de la vista para disfrutar de la vida, para tomar decisiones, del pensamiento abstracto. 

Sé que a veces es terrible experimentar un aroma penetrante e inescapable, como los humos del escape de un camión que aprovecha la oscuridad para soltar no sólo su pestilente estela de hollín, aceite y gasolina, sino además el escandaloso ruido de su escape estremeciendo la noche. 

No siempre son olores agradables, cierto, pero justo el contraste hace que apreciemos lo bello. La experiencia del placer es un espejo del dolor, como el gusto se hermana con su opuesto y así, a la vida le sigue la muerte y un largo etcétera, etcétera en un rollo filosófico que no me toca discutir aquí. 

Hay para quienes el olor a leña o a tierra mojada les evoca añoranzas, nostalgias. A otros, es el mar con su perfume de mujer-sirena que les atiza los sentidos, pero no quiero perderme en una espiral sin fin de aromas, prefiero regresar al comienzo, a esos olores que me llegan en la bici como otra forma de percibir, de exaltar los sentidos. Una manera diferente de conectarse con el mundo, a través de los olores, tal y como hace el sommelier, el catador de café o esas esposas que para determinar si la ropa está sucia se la llevan a la nariz. 

Así que avanzo, lentamente, entre azahares que me confirman que estamos en medio de la primavera y entonces sólo dejo que el mundo penetre mi cuerpo por la nariz, con esos olores nocturnos que me llevan a querer más la bici, por permitirme esa experiencia.